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jueves, 15 de septiembre de 2016


"Un magnífico café"



A la mañana siguiente me levanté de mejor humor. Como cada mañana, coloqué la radio en el banco de la cocina y me dispuse a preparar el café. 

El locutor anunció el tiempo: mañanas despejadas…mucho calor…Qué novedad.
Nueve de la mañana, las ocho en canarias.
Me asomé distraídamente a la ventana a ver si la veía aparecer. Entonces la radio empezó a escupir las notas de una melodía que yo conocía muy bien. Y decidí subir el volumen. Desde la privilegiada situación de mi casa era imposible molestar a los vecinos.Era la primera vez en mucho tiempo que me sentía casi bien.


Un jovencísimo Sergio Dalma empezó a entonar que “bailar de lejos no es bailar”.  Quité el filtro de la cafetera y la llené de agua.
“Es como estar bailando solo”. Volví a colocar el filtro y esparcí caóticamente el café molido, sin presionarlo con la cuchara, como me enseñaron:

-          - El café tiene que quedar suelto para que el agua pase a través de él, sin resistencia – me      indicaba ella atareada fregando los cacharros
-          - Si, abuela” – decía yo frunciendo el ceño concentrado.

Enrosqué la cafetera cuidadosamente mientras Sergio Dalma llegaba ya a la mitad del famoso estribillo, “abrazadísimos los dos, acariciándonos, 
sintiéndonos la piel,”.

Tan distraído estaba yo con mis quehaceres matutinos que no había visto que ella se acercaba con Max. Acababa de cruzar la calle que separaba nuestras aceras y paseaba por delante de mi jardín. 



Entonces sucedió algo mágico.Comencé a escuchar su suave voz con asombrosa claridad: “verás la música después, te va pidiendo un beso a gritos”.
Observé encantado como se llevaba una mano a la cintura y extendía la otra hacia Max mientras cantaba “y te sube por los pies, 
un algo que no ves, lo que nunca se ha escrito”. El can la miraba divertido con las orejas semilevantadas. Ella dejaba a un lado la vergüenza levantando más la voz mientras se acercaba al estribillo.

Se llevó las manos al pecho y movió la cabeza sacudiendo sus bucles oscuros. Subí más el volumen y grité con ella: “bailar pegados es bailar, igual que baila el mar con los delfines”.  Ella levantó los brazos y giró. Su vestido floreado ondeando al compás de aquella locura: “corazón con corazón, en un solo salón, dos bailarines”. Reí a carcajadas en mi cocina. Rió ella enfrente de mis rosales.




El característico “ppfffsssshhhhhhh” de la cafetera interrumpió aquel vínculo musical. Miré por la ventana alarmado, esperando que ella no me hubiera escuchado cantar. Pero ella siguió su paseo habitual, ajena al momento que acabábamos de compartir. En mi cocina expiraban las últimas notas de la conocida balada.


La vi alejarse con ese andar descompasado tan suyo, levantando levemente un talón y el otro. Pensé que la alegría de mis días ni siquiera tenía nombre. 


Escrito: MAES

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